La escena estuvo preparada. Ya lo sabemos. Se montó un operativo de provocación bien aceitado para que las cámaras de televisión confirmaran el axioma del Gobierno de Eduardo Duhalde sobre la violencia de la protesta social.
La decisión política estaba tomada. El entonces Jefe de Gabinete Alfredo Atanasoff, el propio presidente Duhalde, el gobernador Solá y los medios de comunicación se encargaron de anunciarlo. También se sabe.
Como pocas veces, como sólo la impunidad total lo puede construir, los servicios de inteligencia actuaron a cara descubierta y no se preocuparon por ser tomados por las cámaras.
El cuento era fácil: una pelea entre sectores piquetros iba a causar muertes y al Gobierno no le iba a quedar otra que reprimir la protesta social.
Hoy se cumplen dos años de la masacre.
Mientras el presidente Kirchner anda de viaje por la China, los medios continúan con su campaña contra los luchadores sociales e insisten con que el Gobierno debe “hacer ‘algo’ con los cortes de rutas”.
Y ese algo es el más asqueroso eufemismo para pedir represión, balas y palazos contra los desocupados organizados.
Porque la preocupación es que son muchos y muy organizados. Hasta el ministro de Economía, Roberto Lavagna, terció en el tema con las típicas amenazas de que “así no van a llegar las inversiones”.... ¡Y se lo dijo al diario Financial Times!
En estos días, la realidad política argentina vuelve a mostrar la misma cara: los sectores del privilegio sólo saben actuar de una manera. El duhaldismo, como la expresión política más fuerte, sostiene su poder con el estilo mafioso de siempre.
Los políticos –y sus voceros en los medios- presionan para que el Gobierno meta bala a los reclamos sociales en busca de dos objetivos: por un lado, sacudir la posición de Kirchner en el favoritismo de los sectores medios, por otro y sobre todo, buscan garantizar que los condenados y excluidos sigan siendo condenados y excluidos.
Es, digamos, una ‘gauchada’ que le hacen los políticos a los verdaderos dueños del poder. Siguen trabajando para ellos. Continúan tirando de delgado hilo de la paciencia de quienes ya no tienen nada que perder, salvo la paciencia.
Y mientras los poderosos siguen de fiesta, allá afuera, en la calle, las cubiertas arden de bronca hecha lucha.
El Puente Pueyrredón de Avellaneda es testigo y vigilia en esta noche de recuerdo y lucha. Es el lugar por el que se pasean quienes encontraron en la organización la dignidad que les robaron.
Darío y Maxi, ¡presentes!